Mi estancia en el desierto de Tagounite

Ayer por fin llegué a Marrakech, después de haber estado una semana en el desierto de Tagounite con una familia Amazhir (un tipo de etnia bereber mayoritaria y muy extendida por todo el territorio de Marruecos). 

La familia que me hospedó estaba formada por Ibrahim, el padre sereno y cabeza de familia, y Hadisha, la madre inquieta y cariñosa, que tenían cuatro hijes precioses, educades y muy, muy inteligentes: tres niñas (Nasrine, Isrin y Itri) y un niño, Lasheen, de 12 años, con un oído buenísimo para la música.

La primera noche que llegué al hogar me recibieron entre bambalinas, comida marroquí “occidentalizada” y palmadas al aire al ritmo del tambor bereber. Y es que, con gran motivo y pasión, había que celebrar el cumpleaños de Hadisha y de la hermana mayor, Nasrine, las cuales cumplían 32 y 10 años. Para la ocasión, la madre preparó dos tartas caseras muy ricas y una pizza al estilo marroquí: picante,  acentuada en las especias y toneladas de olivas que usó (yo estaba en la gloria, claro). Los cuatro extranjeros que coincidimos esos días ayudando a la familia procedíamos de sitios muy distintos: Elisa, americana, Gregory de Europa del este, Ludocvic de Francia, Herman de Suecia y yo de la España querida. Una casualidad que tuviéramos que parar todxs en ese punto del globo. Y hablando de globos, también esa misma tarde Hadisha había comprado unos cuantos junto a sus hijas en la tienda del primo lejano del barrio, y, que más tarde, todxs nos encargamos de inflar alrededor de la casa. He de decir que aquello llenó con un poco de color la tan oscura y vacía estancia en la que habitaban (únicamente alumbrada por una bombilla pequeñita en el techo).

Y es que la casa estaba construida a base de un material más que antiguo. Para muchos, el mejor de los protectores en el duro desierto: bloques caseros de agua y fango, recubiertos por una minuciosa pero gruesa capa de barro que amortiguaba toda la estructura general, con salientes cubiertos de heces de animal. Lo sorprendente para mi, visto aquello, es que hubiese electricidad. Sí es verdad que  no había muchos enchufes, y que ésta se iba y venía constantemente durante todo el tiempo que pasé en aquella casa. Algo que me confundió bastante era que el baño tuviese su propio WC occidental; aquél práctico en el que sientas el culete, algo que descolocó a todos los que íbamos allí. Pero es normal, al final la familia convivía casi a diario con voluntarixs extranjeros, por lo que aquella muestra western no era más que una señal para hacernos sentir como en casa. 

Sin embargo, la cadena no funcionaba, ni tampoco corría el agua por los grifos. El agua no circulaba por ninguno de hecho. El oro líquido vivía almacenado en un gran pozo en el jardín, donde cada cm3 era un regalo que no había que desperdiciar. Cómo administraban el agua y qué hacíamos cuando llegaba el camión cisterna a Tagounite, daría para otra historia.

Como iba diciendo, la noche en de mi llegada cantamos y tocamos el tambor bereber como si no hubiera mañana. Lo mejor fue descubrir las habilidades del mayor de la casa. Lasheen era muy bueno tocando el tambor y cantando epifanías ancestrales. Su destreza con las manos sobre el filo de aquella caja sonora nos dejaba en muy mal lugar,  yo no supe reaccionar. Tan solo me quedé a observarle un buen rato y agradecer aquél momento. Aquello era innato en el muchacho, madre mía, se transformó en algo extraño que volaba por encima de sí mismo,  e invitó a todos los presentes a que nos fuéramos con él también.

No había normas en la casa. Los voluntarios dormíamos en el jardín, en un campamento construido con nuestras manos a base de fango, toneladas de paciencia, disciplina, sudor y lágrimas durante las horas diurnas.  Durante diez días dormí en la tienda (o yurta) para mujeres que compartí con dos chicas surcoreanas muy viajeras, amigas y exploradoras de sí mismas. Todas las noches disfrutábamos de un manto de estrellas acompañadas del viento y otros sonidos del desierto, tan sólo quebrantado por el canto de las cabritillas que tenían los vecinos de al lado. Muchas otras veces reinaba el gran silencio; cálido, amigo y profundo, qué genio.

Y era en esas noches cuando sentía de paso, y acariciaba suavemente, lo que algunos llaman felicidad.

Con Nasrine, la cumpleañera que me ayudó a colocarme el pañuelo con maestría

Con Nasrine, la cumpleañera, que me enseñó a colocarme el pañuelo (hijab) con maestría; después nos hicimos un selfie.

Con las peques de la familia

Con las peques de la familia dentro de mi choza

El barrio

El barrio

Cualquier atardecer sobre el horizonte en aquél lugar,  frontera con Argelia.

Un poquito de «free time» en nuestro Starbucks favorito del barrio.

 

El jardín y mi hogar durante aquellos días :)

El jardín de la familia, con la tienda de los voluntarios justo a la derecha. No concibo nada mejor para estar bien y a salvo que en este lugar.

 

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